Abandonad toda esperanza

lunes, 11 de diciembre de 2006

Los estetas del delirio

A veces, y por azares de la vida, uno puede en apenas tres horas ser testigo de lo más sublime y lo más excéntrico; del resultado de la tenaz búsqueda de la belleza más absoluta por parte de un esteta hasta el delirio, y de los excesos de un loco esteta del delirio (que no es lo mismo).



Y si hablamos del siempre personal cine venido del Oriente, estos extremos se alejan aún más, tanto que acaban por tocarse por el otro lado. Esta reflexión surge de que ayer volvimos a ver In the mood for love (Deseando amar) de Wong Kar-wai, a la vez que descubríamos Visitor Q de Takashi Miike.



Los que hayan visto ambas cintas sabrán ya a qué experiencia nos sometimos con tan particular programa doble. Los que no, señalar que la primera es una preciosa historia de amor secreto, al estilo de Breve encuentro de David Lean, por parte de dos personas engañadas por sus respectivas parejas, en el marco del Hong Kong de los años 60, y con banda sonora de un Nat King Cole que cantaba en español. La segunda es una delirante tragicomedia protagonizada por una familia disfuncional, a la que se une un particular individuo que asiste mudo a los devenires de la misma.



Con la primera, Wong Kar-wai consiguió uno de los grandes éxitos del cine independiente, siguiendo la tradición de El marido de la peluquera o los Tres Colores de Kieslowski: el boca-oreja funcionó a la hora de recomendar esta deliciosa película donde el cómo se cuenta es tan importante o más que lo que se cuenta.

En cambio, en Visitor Q, el prolífico Miike consigue reunir en apenas ochenta minutos buena parte de las desviaciones sexuales conocidas, desde la pedofilia hasta el incesto, pasando por los maltratos, la coprofilia y hasta la necrofilia, en una delirante historia que aúna crítica social (cuyos objetivos son la prostitución adolescente, tan extendida en el Japón actual, el bullying o acoso escolar, la televisión basura, etc.) y un sentido del humor más que enfermizo, marca de la casa para los que hayan visto Ichi the Killer o la reciente Zebraman, por citar tan sólo dos.



Como se imaginarán, Visitor Q es una película que hay que verla para creerla, y para entenderla, como -aunque por otras razones, claro está- la ya mítica In the mood for love de Wong Kar-wai.

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