Abandonad toda esperanza

lunes, 2 de abril de 2012

La Semana de Grant Morrison: Animal Man



En la segunda mitad de la década de los 80, la por aquel entonces directora de DC Comics Jenette Kahn se propuso reclutar a varios de los guionistas británicos que habían llamado la atención de la crítica y de los lectores del Reino Unido en las páginas de la mítica revista 2000 AD o en sus trabajos para la división inglesa de su máxima rival, Marvel Comics. El buque insignia de esta nómina de guionistas fue, por supuesto, Alan Moore, pero gracias a esta iniciativa editorial (que, entre otras cosas, acabaría dando pie a la creación del sello Vertigo en 1993) también empezaron a publicar al otro lado del charco autores como Jamie Delano, Neil Gaiman, Peter Milligan... o el que estaba llamado a redefinir algunos personajes superheroicos tan icónicos como Superman, Batman o los X-Men, y con ello a revolucionar un tanto el adocenado panorama del mainstream: nos referimos, claro, a Grant Morrison.




El primer trabajo de Grant Morrison para DC Comics fue Animal Man (Planeta de Agostini Comics): la compañía le dio a este guionista nacido en 1960 carta blanca para recuperar a un personaje secundario de su universo superheroico, y lo que en un principio pudo haberse quedado en una miniserie de cuatro entregas acabó siendo la primera etapa, compuesta por 26 números guionizados todos ellos por Morrison, de una serie que llegaría a alcanzar las 89 entregas entre septiembre de 1988 y noviembre de 1995. Una etapa, dicho sea de paso, cuya calidad no sería alcanzada ni de lejos por las posteriores (pese a contar con escritores tan interesantes como los citados Milligan y Delano, el primero de estancia más breve en la cabecera), y que con el tiempo ha adquirido la pátina de obra maestra y de culto.




La etapa de Grant Morrison comienza con una historia en cuatro partes que para su posterior reedición en tomos recopilatorios recibió el título unitario de “La naturaleza de la Bestia”. En este relato, el escritor escocés proponía un panfleto a favor de la causa ecologista y los derechos de los animales disfrazado de relato superheroico, en el que Buddy Baker retomaba su uniforme de Animal Man y gracias a su poder extraordinario (apropiarse de las cualidades de cualquier animal que se encuentre cerca de él) acababa enfrentándose a Bwana Bestia, este otro personaje semiolvidado del Universo DC que ejerce de personificación de la consciencia del reino animal, un poco al estilo de lo que un Elemental como La Cosa del Pantano viene a ser para la flora del planeta.




"A 17 kilómetros a las afueras de la ciudad, los gritos comienzan en serio... Al principio se oyen bajitos, como un jaleo que se oye en otra habitación, pero se hacen más fuertes a cada paso... Gritos. Los monos gritan... hacen sonar los barrotes, golpean la tela metálica, tocan sus jaulas como si fuesen instrumentos musicales sin afinar... Y el olor... ¡Dios! Cómo apesta la ciudad... enorme y enferma... Vomita sus tripas y vacía sus intestinos en los ríos, en los mares... El olor de la gente apretujada, como uvas en una prensa... El aroma amargo del sudor... de todas las vidas diminutas en las que nadie repara en el vientre del monstruo. Se le había olvidado lo horrible que podía llegar a ser... La bestia aprieta los dientes contra el dolor que le golpea las paredes del cráneo y se limpia la sangre de la nariz. Ojalá parase el ruido... ese ruido tan terrible... Una orquesta de jaulas... Una cabeza llena de monos gritando... ¿Por qué tuvimos que bajar? ¿Por qué tuvimos que bajar de los árboles?". Con este monólogo interior arranca Animal Man para acto seguido mostrarnos en la segunda página a Buddy subido a un árbol intentando rescatar al gatito de su vecina. A partir de varios encadenados como este, que pueden recordar a los engarces visuales ejecutados por Alan Moore y Brian Bolland (a la sazón autor de las espectaculares portadas de Animal Man) en Batman: La broma asesina, Morrison presenta al protagonista de su historia, a su familia (su esposa Ellen, sus hijos Clifford y Maxine) y a la primera aventura en la que se verá envuelto este superhéroe, una figura cuya identidad civil y conflictos morales le preocupan a Morrison mucho más que su faceta como justiciero enmascarado.




Una vez escrita y entregada esta saga al equipo de ilustradores, el guionista se queda aparentemente sin ideas, pero consigue salir del bloqueo creativo gracias a "El Evangelio del Coyote", todavía hoy una breve historia de culto aplaudida por los lectores y que acabaría siendo el quinto número de la serie: en esta ocasión, por vez primera en la colección y con la complicidad del dibujante Chas Truog y el portadista Brian Bolland, Morrison revela el carácter ficcional del relato, ejecutando así una pirueta metalingüística que dará mucho más de sí en entregas posteriores. Llegado este punto merece llamar la atención sobre el trabajo gráfico de Truog, muy (merecidamente) criticado en su día e incluso hoy por su poco atractivo acabado, fruto de sus nulos conocimientos de anatomía y perspectiva, que dan como resultado un aspecto plano e insulso. Ahora bien, se trata de un dibujante que cumple como narrador, y que nos parece particularmente adecuado, aunque solo sea por ser distinto al estilo reinante (la escuela de Neal Adams, Joe Kubert o, posterioremente, John Byrne y Alan Davis), para unos libretos tan personales como los de Morrison. De hecho, Truog brilló particularmente en este episodio, con homenaje incluido a los cinéticos cartoons de la Warner.




Tras un par de números que pueden leerse como una suerte de fill ins aunque de calidad muy superior a la media de este tipo de propuestas (un crossover con la macrosaga DC del momento, Invasión, protagonizada por un kamikaze thanagariano, y un precioso homenaje a Watchmen con un villano de tercera categoría, Máscara Roja, como presencia estelar), en el comic book octavo de Animal Man Morrison empieza a sembrar unas semillas que acabarán floreciendo del todo en el número 26 y último de su etapa. Así, el lector podrá disfrutar de un relato de largo recorrido durante diecinueve entregas mensuales, en las que el guionista redefinirá no solo el personaje de Animal Man dentro del Universo DC, sino la figura del superhéroe en general como icono cultural de nuestro tiempo.




Contar con todo lujo de detalles esta última historia, que podríamos titular "Deus ex machina" (en realidad, el título del último capítulo), sería hacerle un flaco favor tanto a Morrison como al futuro lector: baste decir que Morrison someterá al personaje a un proceso materializado ya en las (espléndidas) cubiertas de Bolland: lo ninguneará (frente a su hijo, frente a los lectores) a favor de J’onn J’onzz, el Detective Marciano (¡y un par de obreros de la construcción!), multiplicará, deconstruirá y hará desaparecer; lo llevará a través del tiempo y el espacio, lo someterá a la pérdida más trágica de todas y lo hará reencontrarse con su creador, que no es Dios sino el propio Grant Morrison. Todo ello en un relato poblado por referencias a Albert Einstein y Alicia en el País de las Maravillas, la Edad de Oro de los tebeos de superhéroes, las drogas alucinógenas y la cultura chamánica y, claro está, el discurso ecologista de un Morrison que por aquel entonces se convertía al veganismo más radical y combativo.




Como se ve, estamos ante una obra de ambición desmedida que, pese a ello, cumple con lo prometido: entre otras cosas, Grant Morrison se propuso para el número 19 dos objetivos tan ambiciosos como contar unas segundas Crisis en Tierras Infinitas (ni más ni menos, el megacrossover que redefinió todo el Universo DC unificando sus diversos planos narrativos) y, de paso, descubrir el secreto del universo. Y lo más increíble es que, a su manera, lo logró, entre otros métodos rompiendo la cuarta pared heredada del arte teatral. Ahí es nada.




Leída hoy de una sentada, se entiende que Animal Man de Grant Morrison haya adquirido el estatus de obra de culto, incluso de pieza maestra del cómic de superhéroes norteamericano, y que sea considerada como uno de los pilares, una de las cuatro patas (las otras tres serían el Swamp Thing de Alan Moore, el Hellblazer de Jamie Delano y el Sandman de Neil Gaiman) sobre las que se asienta el tan traído y llevado Vertigo, el sello adulto de DC Comics, que desde luego ha vivido épocas mejores que la presente, pese a contar con cabeceras de calidad como Fábulas, Scalped o The Unwritten.




Pero lo más sorprendente del asunto es que lo que Morrison consiguió con esta y con su etapa en The Doom Patrol, dinamitar el cómic de superhéroes poniendo en entredicho tanto su lado más naif, repleto de ingenuidades y lugares comunes, como sus aspectos más oscuros, lo hizo desde dentro del mismo género, en un par de series de entregas mensuales en formato comic book, veinticuatro páginas grapadas con cubiertas que daban forma a un producto que se vendía junto al resto de cabeceras mensuales de DC protagonizadas por los superhéroes de la compañía; artículos culturales y de consumo aparentemente inocentes y vacuos, pero que escondían en su interior un explosivo con temporizador... que acabaría explotando en las páginas de Los Invisibles. Pero, como suele decirse, esa ya es otra historia...


Título: Animal Man
Autores: Grant Morrison (guion) / Chas Truog & Tom Grummett (dibujo)
Editorial: Planeta de Agostini Comics
Fecha de edición: mayo de 2011
680 pp. (color) - 42 €

2 comentarios:

Fernando Hugo Rodrigo dijo...

Ah, demonios, esto me pasa por no leer más entradas del blog. O sea que no lo había soñado yo: Morrison pasó por DC. Ya me parecía. Y creo que ha seguido con algún que otro proyecto, ¿no?

Francisco J. Ortiz dijo...

Pues eso, ver la respuesta al otro comentario... :-)


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